lunes, 6 de agosto de 2018

COLIN BARRETT - GLANBEIGH. Una crítica.




Realmente elegir un libro como Glanbeigh era una obviedad. En primer lugar, el hecho de que su joven autor, Colin Barrett, narre en breves relatos, o cuentos llámenlo como quieran, las andanzas y desdichas de los jóvenes moradores de un pueblo siempre resulta atractivo. Segundo, que esté editado en España por Sajalín Editores es garantía de calidad y buena puntería y tercero, y en mi caso decisivo, que el prólogo haya corrido a cargo del gran Kiko Amat. Para reforzar mi elección, en la vitola se enumeran varios premios a mejor debut, entre ellos el importante National Book Award.

Glanbeigh contiene siete relatos. Seis de ellos son breves, sin alcanzar las treinta páginas y solo uno de ellos, Tranquilo entre Caballos, se extiende hasta casi noventa. En todos ellos la acción transcurre en el imaginario pueblo que da título al libro, que se podría situar en el irlandés condado de Mayo, bien cerca de Knockmore el lugar donde transcurrió la infancia y adolescencia del autor.

El magnífico prólogo de Kiko Amat le quita el sentido a cualquier reseña que quiera hacerse sobre Glanbeigh, ya que apunta y desarrolla atinadamente todas las claves del libro. Desde la voluntad de Colin Barrett de identificación universal con el lugar, iniciando para ello el primer relato, El chico de los Clancy, con las siguientes palabras: “No conoces mi pueblo, pero seguro que te suena. Con su rotonda en la carretera nacional, su polígono industrial"  Tanto si eres de Almendralejo, Sant Fost de Campsentelles, Laredo o cualquier otro sitio la conexión con Glanbeigh se hace evidente. Pasando por el hecho de sentirse encerrado, cautivo en una jaula invisible, en un sitio donde nunca pasa nada y todo el mundo te conoce desde siempre. Donde los apodos, defectos y estigmas, muchas veces heredados, son inquebrantables a pesar de que muy posiblemente ya hace años que dejaron de tener algún sentido: “Se decía que Sarah era una niña expósita descendiente de gitanos o una huérfana de Chernobil” como leemos en Carnada. Un lugar en que los días siempre son iguales para no llevar a ninguna parte. También refleja la condescendencia de los que lo tuvieron claro y se fueron del pueblo a toda velocidad, a los que siguen en él y la resignación con que estos la aceptan; “nos dejan a los tontos del culo en este poblacho” del relato titulado En su propio pellejo.

El tono del libro es ciertamente sombrío y desesperanzado. No toda la vida en los pueblos es así pero el escritor sitúa el núcleo de sus narraciones en personajes jóvenes, de clase baja que, o son delincuentes o ocupan su tiempo en trabajos de mierda esperando a que llegue la noche del viernes para reunirse con sus amigos para emborracharse, drogarse, intentar ligar en los pubs de siempre y ahondar. mediante bravuconadas y peleas, en las rivalidades con otros jóvenes tan desesperados y a la deriva como ellos. Semana tras semana, mes tras mes, año tras año y vida tras vida, provocando una cierta desazón en la lectura que aumenta la sensación de cautiverio de los personajes en su mismo pueblo. Esta literatura localista centrada, copiando a  Amat, sobre gente del arroyo y el aluvión le empareja con Alan Sillitoe, Harry Crews, Hubert Selby Jr, Donald Ray Pollock, Nelson Algren. Por la actitud resignada y autodestructiva de sus protagonistas también podemos encontrar ciertos paralelismos a la escritura de Barrett con grandes como John Fante y Charles Bukowski, especialmente en el cuento Diamantes en que la actitud de su protagonista puede recordar al mítico Hank Chinaski. Desde aquí queremos destacar el relato que más nos ha gustado: Les ruego que se olviden de mi existencia, por su tono abatido y sus personajes conscientes de que dejaron atrás hace ya tiempo lo mejor de sus vidas.

Glanbeigh no ofrece una lectura fácil. No es complaciente en absoluto con sus violentos personajes, a los que hace transitar por caminos que nunca conducen a un final feliz mientras el lector, encariñado con ellos, quisiera estérilmente que escapasen de su marcado destino. Colin Barrett hace gala de una gran fuerza narrativa, de un lenguaje preciso, con acertado uso de calificativos y símiles pero sin florituras innecesarias– es de agradecer la impecable traducción de Celia Filipetto- para entregar un debut deslumbrante en que destaca la universalidad de su localismo. Esta colección de relatos nos deja ávidos de nuevas publicaciones de su autor.

Recomendación:

Sumergirse en la obra de los autores mencionados en la reseña. Mención especial para Donald Ray Pollock y Alan Sillitoe.

Durante la redacción de esta reseña he escuchado el implacable Sángrala de La Débil (por cierto, qué se ha hecho de estos chicos), el magnífico Dance on the Blacktop de Nothing y el recopilatorio Broken Record Prayers de los imprescindibles Comet Gain.